Cumplir años es como ir subiendo los peldaños de una hermosa escalera hacia el cielo infinito, y una de las ventajas de ir subiendo estos escalones es que cuántos más subimos, mejor visibilidad tenemos.

Ya en el peldaño 48 veo la vida desde una perspectiva mucho más amplia, clara y objetiva. Tomar distancia para ver las cosas con más claridad es maravilloso y en ocasiones, necesario.

A medida que voy tomando distancia de mi niñez, alejándome de mi juventud y entrando de lleno en mi madurez, voy priorizando y valorando lo que realmente es importante para mí en cada momento.

Porque la vida son momentos que cambian sin apenas darnos cuenta, ¿no crees?

Y esta dulce madurez me enseña constantemente a vivir esos momentos despacio y sin prisa, enfocando mi energía en lo que quiero para poder saborear mi vida en plenitud, pacientemente, momento a momento, antes de que se transforme de nuevo.

Ahora mismo me viene mi padre a la mente. El pasado 1 de noviembre llegó al peldaño 84. Algo sordo, mareado e inestable, sigue subiendo su propia escalera desde ese optimismo que le ha caracterizado siempre. Avanzando firme y feliz, haciendo crucigramas, cantando a todas horas y, como dice él, “trampeando la vida”.

Imaginarme a mi padre en el escalón 84 y a mí en el 48 me hace recordar con gratitud y con una gran sonrisa todo lo andado, aprendido y vivido junto a él.

Y en este instante reflexiono una vez más sobre la idea de que no sabemos cuántos peldaños nos quedan por compartir con nuestros seres queridos. ¡Qué sensación amarga y dulce me invade!

Y desde esta sensación me enfoco de nuevo en mi escalera, y en que cada escalón subido con claridad, es una nueva y maravillosa experiencia que merece ser celebrada, disfrutada y compartida al máximo.

¿Seguimos madurando dulcemente, disfrutando momentos y compartiendo peldaños hacia el cielo infinito?

Con amor 

Gemma