Duelo por la pérdida de una madre: amor, salud mental y una historia real

Hoy, 16 de abril, hace 9 años que mi madre dejó este mundo físico.

Y todavía me cuesta encontrar palabras para todo lo que ella sigue significando para mí.

Durante muchos años, mi madre vivió aislada por sus problemas de salud mental, atrapada en su propio autoestigma.

Se avergonzaba de lo que le pasaba, y poco a poco se fue alejando del mundo. De las personas. De la vida.

Pero en sus últimos años, algo cambió.

Cuando enfermó físicamente (EPOC) y pasó tantas etapas ingresada e intubada en el hospital, conectó con algo muy profundo:
su verdadera esencia.

Esa que tiene que ver con el ser… y no con el hacer o el tener.

Recibía el amor y los cuidados de su familia, y no paraba de darnos las gracias.

Unas semanas antes de morir me dijo:

«Gemma, si pudiera volver a ser joven, saldría mucho más de casa. Iría a ver el mar más a menudo.»

Y entonces recordé estas palabras que hoy quiero dedicarle:

“No tendrás otra vida como esta. Nunca volverás a desempeñar este papel y experimentar esta vida tal como se te ha dado.
Nunca volverás a experimentar el mundo como en esta vida, en esta serie de circunstancias concretas, con estos padres, hijos y familiares.
Nunca tendrás los mismos amigos otra vez.
Nunca experimentarás de nuevo la tierra en este tiempo con todas sus maravillas.
No esperes para echar una última mirada al océano, al cielo, las estrellas o a un ser querido.
Ve a verlo ahora.”

Estar a su lado en esa etapa me cambió profundamente.

✨ Me enseñó a dejar de esperar el momento perfecto.
✨ A mirar la vida —también la difícil— con más presencia.
✨ A no posponer los abrazos, las risas, las palabras importantes.

Y, sobre todo, a confiar en que incluso en los momentos más duros…
hay belleza. Hay luz. Hay amor.

La madrugada en que acompañé a mi madre en su proceso de morir, le susurré:

“Vuela, mamá, vuela.”

Y entonces la vi volar.
Con unas alas blancas enormes. Sonriendo.
(Sí, con sus labios pintados color burdeos, como siempre).

Desde entonces, esas alas me acompañan en los momentos más difíciles.

Pequeñas señales, pequeñas plumas blancas, aparecen para recordarme que incluso cuando todo parece derrumbarse…
hay algo que nos sostiene.

Esta experiencia fue profundamente espiritual y transformadora.

Mamá, te queremos infinito.

✨ Si te resuena mi historia, si has vivido algo similar o si convives con la salud mental en tu familia, no estás sola.

Puedes suscribirte a mi NewsClub y recibir mis cartas, donde comparto reflexiones íntimas sobre la vida, el amor y el proceso de volver a una misma.

Y si quieres profundizar en mi historia, puedes leer mi libro Cuando el dolor y el amor se unen,
un testimonio escrito para honrar a mi madre y a todas las personas que viven en silencio su sufrimiento.

Gracias por estar aquí.
Gracias por leerme.

Con amor,
Gemma 

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