Hoy 16 de abril es un día muy especial para mis hermanas y para mí. Ahora mismo, mientras me tomo un café con leche de soja bien calentito, observo de nuevo una foto de mi madre y escribo esta reflexión conectada con su entrañable recuerdo, con el amor y con el dolor.

Hace algo más de cinco años que empecé un nuevo camino profesional para ayudar a los demás sin ser consciente que a la persona a la que más iba a ayudar era a mi misma. ¡Menudo aprendizaje cargado de humildad y realidad!

La vida es una maravillosa escuela llena de aprendizajes en la que cada una de nosotras vamos escribiendo nuestro propio manual de sabiduría.

Creo que aterricé en esta nueva aventura en el momento justo, tenía 43 años. Ahora mismo recuerdo con emoción aquella etapa en la que parecía que el mundo se ponía del revés. ¿Has tenido esta sensación alguna vez?

La sonada crisis económica hizo que me replanteara continuar con el negocio de venta de pan y pasteles que regentaba desde los 21 años y que tantas alegrías, superaciones y beneficios me había aportado.

Al principio viví el descenso de las ventas como algo malo y negativo, pero al cabo de poco tiempo me visualicé a 5 años vista (con los 48 que cumpliré en unos meses) y supe que daría un giro a mi vida.

Gracias a la crisis económica decidí ser Coach. Lo que inicialmente me pareció negativo se convirtió en la maravillosa oportunidad de cambio que deseaba en mi corazón desde hacía tiempo. ¡Bendita crisis!

Alquilé mi negoció y empecé a viajar a Barcelona para formarme. Durante aquella bonita etapa de formación aprendí potentes habilidades de coaching, me adueñé de mis valores, desperté mi creatividad y descubrí mi propósito de vida: Crear un efecto dominó de amor en el mundo.

Sí, formarme como Coach me sirvió para despertar, enfocarme, crear mi propio proyecto Tus 8 Espacios y fundar la Escuela Impacta junto a mi compañera de sueños, ¿pero sabes una cosa?

Realmente para lo que más me sirvió ese despertar fue para sostener desde el amor la larga y dura enfermedad tanto de mi madre, como de mi hija.

Esa etapa estuvo cargada de dudas, ingresos, hospitales, impotencia, aceptación, dolor y rendición. Sí, hubo un momento en el que me rendí, confié y dejé que todo fuera como la vida quería que fuera.

Durante esa misma etapa en la que continuaba formándome y empezaba a emprender mi nuevo proyecto también me separé de mi entonces compañero de vida con el que había compartido catorce intensos años.

Vaya, que mi vida estaba dando un giro radical. ¡Cuántas emociones encontradas!, ¡cuánto dolor y cuánta aceptación fui capaz de sostener durante aquella etapa!

Una etapa que decidí vivir desde la aceptación y no desde la resistencia. Desde la liberación y no desde el apego. Desde el amor y no desde el miedo.

Hoy sé que el dolor forma parte de la vida, pero que el sufrimiento es opcional. Lo sé porque lo he sentido. Lo he experimentado. Lo he vivido.

Hoy hace ya tres años que mi madre voló alto con unas alas blancas enormes y su preciosa sonrisa. Cierro los ojos y todavía siento su olor.

Hoy le dedico estas líneas a ella, a su infinita gratitud, a su tremenda fortaleza y a su bonita esencia. Te quiero mamá.

Hoy, con una emoción muy intensa, siento su pérdida en mi pecho, acepto esta sensación y sonrío. Su energía amorosa sigue presente.

Hoy recuerdo con ternura algunas de sus últimas palabras: Vive hija, vive y haz siempre lo que te haga feliz. Gracias, gracias, gracias… por todo

Hoy soy la mujer que soy gracias a todas mis experiencias vividas junto a ella, las agradables y las desagradables. La fáciles y las difíciles. Las placenteras y las dolorosas.

Hoy soy la persona que soy gracias a que durante aquella larga etapa, mi mundo se puso del revés.

Gemma