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Mujer inquieta, hoy te escribo conectada con las potentes enseñanzas que la vida nos brinda desde que nacemos. ¡Qué maravilla darnos cuenta de que la vida es nuestra mejor escuela!

Si mi escuela de vida tuviera un nombre se llamaría Escuela del amor. ¿Y la tuya?

Ahora más que nunca, durante este confinamiento, la vida nos está dando una buenísima oportunidad para aprender nuevas lecciones, tanto a nivel colectivo como individual.

Pienso que es una lástima que desde niñas nos inculquen que fallar es una fatalidad, que las cosas han de salir siempre correctas, que si algo no sale según lo previsto es algo malo, que busquemos la estabilidad y la seguridad, que hemos de estar siempre bien y tener éxito para ser felices…

 

Nos vendieron la falsa fórmula de “Pórtate bien, sé responsable, estudia, cásate, ten cuidado, ten hijos, encuentra un trabajo estable… y serás feliz”. Esta falacia ya ha caducado ¡Menos mal que nos estamos dando cuenta!

 

Es una lástima que algunas personas todavía arrastren estas creencias, porque no hacen otra cosa que limitarnos, alejarnos de nuestra verdadera sabiduría y potenciar la falsa sensación de control. Nos conectan con un perfeccionismo irreal que no hace más que llevarnos por el camino del sufrimiento.

Y no, querida lectora inquieta, no es así. No controlamos nada, y esta crisis sanitaria, económica y psicológica que estamos viviendo nos lo demuestra.

 

Hemos venido a este mundo a vivir una experiencia única e irrepetible, a disfrutar, a sentir, a amar, a compartir, y sobre todo, estamos aquí para aprender y darnos cuenta de que la verdadera felicidad está en nuestro interior, y que solamente desde esa profunda conexión podremos sostener los momentos de incertidumbre, el dolor inevitable de la vida y aportar algo de valor al mundo.

 

Es importante empezar a soltar el control y deshacernos de esas creencias absurdas con las que fuimos educadas y adiestradas. Es vital atrevernos a escuchar nuestro corazón, mirar a los ojos de nuestra intuición y dejarnos guiar por esa voz interior llena de sabiduría, certeza y claridad.

¿Para qué?  

Para lanzarnos a probar, a experimentar, a fallar y a equivocarnos.

Para intentarlo de nuevo, cambiar de rumbo y probar las cosas desde diferentes maneras y perspectivas.

Para que comprendamos que la vida es impermanente, que todo llega y todo pasa.

Para que nos demos cuenta que la vida siempre nos va a dar lo que necesitamos para nuestro propio aprendizaje.

Para reconciliarnos con nuestras sombras, nuestros miedos y nuestras inseguridades.

Para abrazar la incertidumbre y el dolor inevitable de la vida.

Para descubrir nuestra verdadera luz e iluminar nuestro entorno desde nuestro mini mundo.

Para que nos demos cuenta de lo que realmente es importante y empecemos a valorar lo esencial.

Y para que cuando lleguemos al final de nuestro ciclo vital, a nuestro último aliento, podamos recibir la auténtica graduación, esa que sale del corazón y que no tiene nada que ver con haber hecho lo correcto, ni con haber alcanzado el éxito, ni con haber sido aptas o no aptas para los demás.

La auténtica graduación tiene que ver con habernos atrevido a vivir la vida que realmente hemos venido a experimentar a esta escuela llamada vida.  

Por cierto, si ahora mismo tu escuela de vida tuviera un nombre, ¿qué nombre tendría?

Con amor 

Gemma

PD: Mujer inquieta, déjame tus comentarios un poco más abajo. ¡Me encantará leerte!

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