la foto(4)Cierro los ojos… Siento, recuerdo, escribo, fluyo…

Siempre fui una niña alegre, dulce, atrevida, muy activa y bastante rebelde. Crecí con una madurez impropia de una niña de mi edad.

Mi madre sufría una enfermedad muy incomprendida, esquizofrenia, y estas circunstancias hicieron que yo creciera en un ambiente “diferente”. Pero a la vez, y gracias a esas adversidades, aprendí a comprender cosas que no lograba entender.

Reflexiono sobre ello y me emociono. Y es que los seres humanos no necesitamos entender las cosas y saber los porqués para comprender a las personas. Yo amaba a mi madre, la comprendía y la aceptaba, aunque no entendiera su enfermedad.

A los 14 años, era una adolescente rebelde y con cero ganas de estudiar. Suspendía y sólo pensaba en salir con los amigos, en desobedecer y en hacer lo que quería. Fue entonces cuando mi padre, un hombre altamente optimista al que admiro con locura, me matriculó en un colegio español en Bray, Irlanda.

Aquel viaje cambió mi rumbo, allí encontré La Paz que no tenía en mi hogar y, como por arte de magia, me dediqué a estudiar.

Mi estancia en Irlanda fue mágica, descubrí una parte de mí muy independiente, libre y transparente, me enamoré, me sentí muy querida y me empapé de otro país y de personas increíbles que me enseñaron muchísimo. Mi rebeldía se esfumó.

Al volver a Palma lloré como nunca. Un pedacito de mi corazón estaría siempre en el pueblo Irlandés.

De nuevo en mi ciudad natal, me matriculé en una academia de formación profesional de peluquería, desde niña había deseado ser peluquera y me sentía enormemente feliz e ilusionada.

Antes de terminar mis estudios, ya estaba trabajando en un salón de belleza. Al cabo de un año tuve la oportunidad de probar algo diferente. Me ofrecieron un empleo en una empresa de material deportivo, un sector apasionante para mí, donde trabajaría la mitad de horas y cobraría el doble. No me lo pensé.

Ya entonces descubrí lo mucho que me gustaba experimentar, los cambios, lo nuevo y los retos. También tomé conciencia de mi gran amor y empatía por las personas.

Durante todos estos años y hasta la fecha, también he trabajado en el sector sanitario, donde conecté con el sufrimiento y el dolor del ser humano. Fue todo un aprendizaje. Emprendí un negocio de productos típicos mallorquines, también trabajé como comercial para una firma de productos de belleza (conecté de nuevo con mis años de peluquera) y como administrativa en el sector de telecomunicaciones, donde me sentí enormemente valorada. Actualmente, también colaboro con una empresa propia familiar del sector de la construcción y promoción inmobiliaria.

A todos mis trabajos les he puesto muchísima pasión. Una pasión que me ha hecho disfrutar al máximo de todo y de todos. Quizás no eran los “trabajos soñados”, pero todo es inmensamente más fácil cuando le pones ganas, entusiasmo y amor a las cosas.

Pero volviendo al pasado. Con tan solo 21 años ya era una mujer casada, había montado un negocio de pastelería y estaba embarazada de mi primer hijo. Un año y medio más tarde, volví a ser mamá, una mamá joven e ilusionada que tenía muy claro sus prioridades: sus hijos, a los que pude dedicarme durante sus primeros años de vida.

Han pasado otros 21 años casi sin darme cuenta. Unos años en los que no ha faltado felicidad, enfermedad, valentía, amor, rupturas, realidad, alegrías, penas, cambios, pérdidas, aprendizajes y decisiones.

Hace algo más de un año, el Coaching apareció en mi vida. La pregunta “¿cómo y dónde te ves dentro de cinco años?” hizo un clic en mi interior. Conecté con mi propósito de vida: “crear un efecto dominó de amor en el mundo”, salí de mi zona cómoda y me lancé al vacío. Toda una aventura.

Gracias al enorme apoyo de mi entonces compañero de vida, alquilé mi negocio y me dediqué a formarme como coach, a leer, aprender y, sobre todo, a conectar con la niña alegre, activa, atrevida y rebelde.

Tomé conciencia de los 8 espacios de mi persona: Razón, Emoción, Esencia, Intuición, Cuerpo, Placer, Entorno y Creatividad,  y de cómo conectando con cada uno de ellos accedía a mi amor interior, mi seguridad, mi propia responsabilidad y también a mi vulnerabilidad, mis saboteadores y mis creencias limitantes.

Estoy en una fase preciosa, llena de novedades y sorpresas. Cada persona que conozco es un verdadero regalo. Hoy mi ilusión es no parar de aprender y seguir formándome. Quizá mañana tenga nuevas ilusiones.

Gracias al Coaching empecé un nuevo capítulo en mi vida, lleno de sentido, autenticidad y libertad.

Un capítulo que durará y me acompañará hasta el final de mis días, porque el Coaching no es sólo una profesión, es un modo de SER y ESTAR en el mundo. Mi mundo. Tu mundo. Nuestro mundo.

Como dijo Alvin Toffler, “Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino quienes no sepan aprender, desaprender y reaprender”.

Gracias a mi madre por enseñarme a comprender y a aceptar.
Gracias a mi padre por su ejemplo y por contagiarme su enorme optimismo.
Gracias a mis hijos por su gran corazón, arte y autenticidad.
Gracias a mi entonces compañero de viaje por su Amor y por haberme apoyado siempre.
Gracias a todas las personas que han pasado por mi vida, todas me han contagiado algo especial.

Y tú, ¿cómo y dónde te ves dentro de cinco años?
Te reto a que escribas tu propia historia personal, la historia de tu vida. Conecta con tu niña interior. Con tu vulnerabilidad. Y fluye…

Gracias a ti por estar aquí. Por leerme 😉

Gemma

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